[Continuación de callejones, boinas y bohemios, veintisiete escalones y síntomas]Desperté.
La cabeza seguía ardiéndome. La toqué inconscientemente. Tenía un paño húmedo y un vendaje. Intenté levantarme pese al dolor.
-¡Shhh shhh, quieta!. Dijo un borrón desde el fondo de la habitación.
Aún tenía la vista nublada y tardé un poco en distinguirle, era el señor de la cafetería, el de la barba blanca y el maletín.
-Te has dado un buen golpe.
-No, no, estoy bien. ¿Dónde estoy?
-Eso ahora no importa. Dijo tranquilo, parecía cansado. –Debes descansar.
-¿Qué es lo que ha pasado?. Pregunté de nuevo.
Me miré de pies a cabeza, estaba pegajosa a causa del sudor y no sentía las piernas.
No llevaba el suéter y la camisa la llevaba medio abierta. Tampoco llevaba mi pulsera de abalorios ni su pulsera.
-¿Y mis cosas? Insistí.
-Ahí.
Señaló una mesa un tanto antigua cerca de mí, allí no estaba su pulsera, pero sí lo demás. Parecía muy atareado preparando algo. Un líquido semitransparente humeante con hojas de algún arbusto o árbol.
-¿Mi pulsera?
-Veo que no sabes qué es eso. Dijo seriamente señalando la pulsera que se encontraba enfrascada en una mesa no muy lejos de la otra.
-¡Sólo es una pulsera!. Reproché.
Al gritar me dolió la cabeza un poco más.
-Bebe agua. Me ofreció aquel señor.-La pulsera que llevabas no es una pulsera normal, no pienses que estoy haciendo cosas raras.
-¿Qué dice? Pregunté perpleja
-¿Ves la marca que tienes en la muñeca? Es el sello de los mexicas. Si no me equivoco esa pulsera perteneció al último emperador azteca Cuauhtémoc. El tesoro perdido de la civilización azteca. Ignoro como hayas podido conseguirla.
Explicó mientras terminaba de preparar esa cosa.
-Bebe, te sentirás mejor.
Mientras bebía de aquel líquido, extrañamente bueno me explicaba parte de la historia de aquel emperador…
Cuauhtémoc, fue el líder de los mexicas en el exterminio del imperio azteca por Hernán Cortés. Durante su reinado, tuvo que ver cómo su tierra era devastada por los españoles e incluso como moría su gente sin poder hacer nada. Su báculo, se lo quedó el propio Hernán Cortes, pero lo perdió en el naufragio del bergantín que lo llevaba a España, junto con la armadura de piel de lobo y todo el oro de las minas del Potosí que consiguieron. Pensaba que esa pulsera naufragó junto con todo lo demás…
-¿Cómo sabe que es la verdadera? Inquirí expectante.
-Sencillo, por la marca de tu brazo y el material. Está hecho de Pokgram. Un árbol extinto que abundaba en México por aquella época.
Estaba impresionada, no menos sorprendida por aquella historia.
-Cuauhtémoc murió a manos de Hernán Cortés.
Antes de morir dijo:
"Ya yo he hecho todo mi poder para me defender a mí y a los míos, y lo que obligado era para no venir a tal estado y lugar como estoy; y pues vos podéis ahora hacer de mí lo que quisieres, matadme, que es lo mejor"
Dime, ¿cómo conseguiste eso?
-Un hombre me la dio un día…bueno, no exactamente, se la vi puesta un día y a la mañana siguiente apareció en mi casa.
-Dicen las leyendas que quien la poseyera tendría el poder de leer las mentes, pudo hacerse muy poderoso aquel Imperio. Dijo el señor mirando por la ventana.
La verdad, poco a poco me fui encontrando mejor, la pesadez del cuerpo desaparecía día tras día. Aquel hombre cuidó bien de mí y le estaba agradecida. Investigué acerca de Cuauhtémoc y su Imperio al parecer realizó un pacto de sangre antes de morir, y la pulsera se impregnó de su alma, según cuentan algunas leyendas.
También descubrí artículos en Internet que hablaban sobre pérdidas de la memoria y de la consciencia durante días incluso casos de años. El aura de la pulsera se acoplaba al alma, controlando nuestra vida y proporcionando habilidades como el de leer las mentes o una celeridad y agilidad sobrenatural. De ahí, que aquel hombre con pintas de bohemio posiblemente estuviera afectado por el aura de la pulsera y que yo leyese la mente de aquel señor vagamente antes de caer al suelo inconsciente.
Ahora puedo decir que siento respeto por esta civilización y que su cultura impidió poder proteger su tierra y ser exterminados…¿Os imagináis el mundo ahora, pero con las civilizaciones de los Incas, Mayas y Aztecas aún?

[Continuación de "Callejones, boinas y bohemios" y "Veintisiete escalones"]
La noche se me hacía pesada, miraba el reloj de la cocina nerviosa, tomaba un poleo, y miraba un artículo del periódico que hablaba sobre el acoso en las aulas.
-¡Mierda! Dije con voz cansada y llena de pesadumbre. -¿Cómo puedes ser tan manazas? Pregunté mirando al techo de mi piso
Con la distracción había tirado el poleo sobre el periódico.
Me llevé las manos a la cabeza, a pesar de la escasa luz de la habitación, me molestaba y no sé cuanto tiempo estaba ya observando a mi gata con la mirada perdida.
Levanté el brazo y miré la pulsera.
-¿Qué tienes tú que no puedo concentrarme? Pregunté retóricamente. -Nada, supongo. Respondí…
Suspiré, cerré los ojos y respiré hondo.
-Simplemente déjame dormir. Supliqué a la pulsera
Hacía varios días que no podía dormir, Copenhague no había cambiado nada, el tiempo seguía siendo el mismo, llovía, y continuaba trabajando en aquella cafetería.
-Quizá sólo sea malestar- Me repetí. –Quizá sólo sea una mala racha.
Bostece
-Vamos Zissy, es hora de ir a dormir otra vez.
Mi gata me siguió por el pasillo hasta llegar a la habitación, se subió en mi cama y se acurrucó en una esquina. Yo me tapé hasta arriba, deseando poder dormir algo antes de despertar. Pero no fue posible. Tenía como pesadillas, sueños raros que no lograba entender. Cada mañana sentía una mayor pesadez en el cuerpo. Hoy tenía que ir a trabajar, después del fin de semana que irónicamente más he aprovechado para descansar, hoy me tocaba ver al chico que en la misma mesa de siempre me esperaba leyendo esa revista rarita suya.
Llovía, no me importaba. Abrigada, salí a la calle, hacía frío, mucho frío y un viento que helaba tus ojos. Me picaba la nariz y la bufanda no me parecía lo suficientemente gruesa ni grande. El invierno estaba siendo duro y lo que no fuese tu casa o la cafetería, era cosa imposible, cualquier lugar era mejor que la calle.
-¡Buenos días! Dije ocultando mi cansancio lo mejor que pude.
Obviamente el lugar no me contestó, pero me sentí como en casa. Pronto me puse a encender las velas de incienso del fondo y las de la entrada, limpié la barra y sequé algún vaso aún mojado de ayer noche.
-¿Se puede? Dijo un señor de barba blanca y gafas que llevaba un maletín en la mano. Era viejo y tenía pinta de listo.
-Buenos días señor, que desea. Dije cordialmente. ¿Un descafeinado, tal vez?
-Pues sí, sí, póngame uno, señorita. ¿Cómo lo sabía?
-Intuición, supongo. Dije un tanto cortada.
Se sentó cerca de la ventana, le gustaba ver llover. Y quería relajarse antes de dar una convención en la Universidad de la ciudad sobre Antiguas civilizaciones.
-¿Cómo sé todo eso? Me pregunté extrañada.
Me toqué inconscientemente la cabeza, creía tener fiebre, me equivoqué, aún así sentía que la cabeza me ardía. Respiré hondo y me tranquilicé.
Al poco él entró al local, era la primera vez que no estaba antes que yo aquí.
-¡Hola! Saludé con efusividad.
-Em...hola. Saludó extrañado por mi reacción.
-¿Que vas a tomar?
-Póngame un capuccino, por favor.
Me apresuré a prepararlo, mientras, pensaba, noté el desconcierto y la duda en su persona.
-Toma. Sonreí.
Aquel chico con pintas de bohemio me miró con cara extraña, me observaba de arriba abajo, y confundido preguntó no con mucha confianza:
-Perdone, pero, ¿nos conocemos?
Mis ojos se abrieron como platos, de golpe sentí frío, mucho frío. Lo único que recuerdo fue golpearme en la cabeza y ver cómo caía al suelo lentamente.
Sigo sin querer creer lo evidente, sigo siendo yo.
Miento para esconderme de la verdad…
Dejadme pensar, NECESITO, pensar.
Me cuesta, no digo que no, pero me cuesta., no suelo estar como estoy, no suelo ser como soy y por más que lo intento no sé cómo solucionar este problema, me cohíbo, me avergüenzo, me infravaloro y me entristezco.
Me escapo del trabajo, intento serenarme, reflexiono en lo que pasó, reflexiono lo que pasa, no puedo sacar conclusiones. Me siento INÚTIL, inservible. No sé aprovechar mis oportunidades.
Paseo, y encuentro a gente como yo en mi camino, cuento lo ocurrido, cuento mi problema, me siento bien. Aún con sus consuelos. Estoy perdido, creo no cuadrar aquí. Siempre pienso que está época no puede pertenecerme, no soy un hombre del siglo XXI, no soy un hombre del futuro. Soy un hombre del pasado. Y lo que a veces me mantiene en mi sitio es refugiarme en él...A la vez de ser lo que me mata. Pero la confusión está presente en cada segundo de mi vida, pues no hay día que no pueda despertar contigo en mi cabeza, no hay noche, que no piense en ti, no hay día que olvido lo ocurrido, no hay noche que deje de existir. Te necesito, lo sabes, y aún así me espero lo inesperable, aún así, pienso lo impensable e imagino lo imposible. Me cabreo conmigo mismo por no saber llevar esta situación, todo a mi alrededor es demasiado complicado, mi afán de buscar la felicidad en las personas, funciona con todo el mundo menos en mí. Y lo peor es que contigo tampoco. Y no sé qué hacer, ya no sé que pensar, me desconciertas, eres indescifrable, pero te necesito.
Tú pusiste la trampa a la que me dejaste escapar, tú fuiste quien me calentó en el frío, tú fuiste la chica que me llenaba de palabras, quien me ayudó, quizá cuando más lo necesitaba. Cuántas veces deseaste que estuviera ahí, que me fuera contigo, cuantas veces se te habrá presentado ya la ocasión…El tiempo pasará, pasa y pasó, ya nada es lo mismo…Desistiría, pero no va conmigo, la paciencia sirve cuando sabes. Yo, ahora mismo, soy un ignorante. Ella, está callada.
Soy extremista. Ella está callada. Observo, pienso, observo, pienso, recapacito y fallo.
¿Por qué tengo que ser así? ¿Por qué tengo que ser tan terco? ¿Tan ignorante? ¿Por qué me preocupo tanto? ¿Por qué, me preocupas tanto? Recapacito y vuelvo a fallar.
Me ODIO, me odio a mí mismo por pensar como pienso, me odio a mí mismo, por caer donde cae todo el mundo, no soporto equivocarme, pero me odio a mí mismo por no saber levantarme. Odio no poder corregir lo que fallo. Me odio a mí mismo por sucumbir ante ella, me odio a mí mismo por no ser lo que necesitas, me odio a mí mismo por llenarme de ti, con tan poco… Odio ser como soy.
No me importa lo que me pueda decir ya la gente, me canso, porque es lo contrario a lo que pienso yo. No es ser pesimista, es ser realista, ni siquiera puedo ser como siempre soy. Ni siquiera puedo olvidarme de ti. Porque te necesito.
Me rebajo, me humillo y después soy demasiado consecuente, pero no puedo sentirte rencor porque ni siquiera sé, que me impulsa a escribir esto, o qué me impulsa a quererte, o qué es lo que nos unió. El lazo que formamos se resquebraja. Y ahora no tengo el suficiente ánimo para unirlo de nuevo. Necesito desaparecer. Porque no es justo que deba torturarme de esta manera. No es justo que tenga las razones que tengo para hacerlo. Pero es justo que lo haga.
A veces ni siquiera sé si me gustas, a veces ni siquiera sé que si te quiero, a veces ni siquiera sé si me necesitas, ni siquiera sé qué soy para ti… sé qué si desaparezco todo y nada volverá a ser igual y me repito constantemente: “Hagas lo que hagas en la vida será insignificante, pero es muy importante que lo hagas”. Por eso debo hacerlo.
Todo, porque me importas demasiado, todo, porque te necesito. Estoy abatido…

Sobre mis cuadernos de colegial
Sobre el pupitre y los árboles
Sobre la arena sobre la nieve
Escribo tu nombre
Sobre todas las páginas leídas
Sobre todas las páginas en blanco
Piedra, sangre, papel o ceniza
Escribo tu nombre
Sobre todos mis trapos de azul
Sobre el estanque sol enmohecido
Sobre el lago luna viva
Escribo tu nombre
Sobre los campos sobre el horizonte
Sobre las alas de los pájaros
Y sobre el molino de las sombras
Escribo tu nombre
Sobre cada soplo de aurora
Sobre el mar en los barcos
Sobre la montaña lunática
Escribo tu nombre
Sobre la espuma de las nubes
Sobre los sudores de la tormenta
Sobre la lluvia gruesa e insípida
Escribo tu nombre
Sobre las sendas despertadas
Sobre las carreteras desplegadas
Sobre los lugares que desbordan
Escribo tu nombre
Sobre el cristal de las sorpresas
Sobre los labios atentos
Bien sobre el silencio
Escribo tu nombre
Sobre mis refugios destruidos
Sobre mis faros aplastados
Sobre las paredes de mi problema
Escribo tu nombre
Sobre la ausencia sin deseos
Sobre la soledad desnuda
Sobre las marchas de la muerte
Escribo tu nombre
Sobre la salud vuelta de nuevo
Sobre el riesgo desaparecido
Sobre la esperanza sin recuerdos
Escribo tu nombre
Y por el poder de una palabra
Reinicio mi vida
Nací para conocerte
Nací para nombrarteLibertad
El amor, algo complejo y sencillo, efímero o para toda la vida, lo hay fraternal, maternal de pareja…todos son diferentes formas de querer a una persona. Pero siempre solemos hablar de lo mismo, la atracción hacia otra persona.
-Cuando ames a una persona, querrás que sea tuya, la querrás controlar, que esté contigo, si eres celoso, que no esté con otros, querrás existir, tú, sólo para ella. Aquí el amor disparará nuestro ego y nuestra avaricia. “Ella es, o tiene que ser mía”
-Cuando ames a una persona querrás parecer lo que ella quiere, e intentarás cambiar aspectos de tu personalidad que crees que a ella no le gustan. Quitarás tus malos hábitos y te sosegarás cuando esté delante. Aquí el amor nos cambiará desde dentro.
-Cuando ames a una persona, te preguntarás una y otra vez si esa persona sentirá lo mismo que sientes tú por ella. Dejarás de pensar con racionalidad y tu paciencia puede llegar a acabarse o alterarse si esa persona no te dice lo que quieres oír. Aquí el amor te volverá inestable, impaciente y estúpido.
-Cuando ames a una persona, pensarás que nada más en el mundo, salvo ella, te importa. Comprarás sus caprichos y serás detallista para contentarla y complacerla, descuidando a la vez vínculos emocionales con otras personas. Aquí el amor te puede crear separatidad.
-Cuando ames a una persona, siempre querrás más, llegar más lejos, el ser humano por naturaleza dejará de pensar con la cabeza y empezará a hacerlo con otra cosa. Aquí el amor puede ser un arma de doble filo y el inconformismo empezará a formar parte de ti.
-Cuando ames a una persona, cualquier momento sin ella te parecerá un desperdicio y el sentimiento de añoranza aparecerá en ti, su ausencia siempre se notará. Aquí el amor puede hacer que el tiempo transcurra tan lento, que las horas sin verla se te antojarán días.
El amor es como una droga, una obsesión, el amor no se puede cuantificar, no se puede oír, no se puede tocar, no se puede saborear, no se puede ver. Algo que no se puede ver, no se puede pintar, pero sí te lo puedes imaginar. Si el amor no lo puedes percibir por los sentidos es que es una abstracción. A mucha gente no le gusta lo abstracto, sin embargo se puede enamorar. Esto quiere decir que el amor se puede sentir, pero nadie sabe bien qué es y además llega incluso a dormir una parte del cerebro. El amor, por lo que se dice aquí, no parece ser excesivamente bueno, sin embargo también es irremediable…
Todo esto, quizá me haga llegar a la conclusión de que el amor, no existe…
Entonces, lo que siento por ti, ¿qué es?
“Cuando yo era joven, era un revolucionario, y en mi oración decía: Señor, dame fuerzas para cambiar el mundo”
Después de dos años no conseguí nada, modifiqué mi oración: "Señor, dame fuerzas para cambiar al menos a aquellos que están cerca de mí".
Hoy soy viejo, y mi oración dice así: "Señor, dame fuerzas para cambiarme a mí mismo".
Si hubiera empezado por ahí, no habría desperdiciado tanto tiempo.
Said Beyahid
Segundo día de mi tormentosa vida en este lugar. Después de una noche difícil donde apenas pude conciliar el sueño sólo me quedaba ser madrugador y observar el claro amanecer. He de decir que los que puedo contemplar aquí son maravillosos, pues no hay árbol ni montaña que tapen tu visión y lo único que empiezas viendo es un fulgor naranja sobre las nubes de la mañana y la línea del horizonte.
Estar ahí me sirvió para serenarme y sacar justo las conclusiones que quería.
Mi desayuno esa mañana fue modesto, un vaso de leche con Nescafé y una tostada. No tenía mucho que hacer y, por suerte, la playa la tengo a escasos dos minutos de aquí. Pasee por ella todavía sin albergar tanta gente como lo haría al cabo de un par de horas, lo que me relajó notoriamente. El mar estaba revuelto y el viento soplaba con fuerza en la costa moviendo todas las banderas de la playa.
Mientras paseaba por la fría y húmeda arena recogía los cadáveres de los mismos habitantes del mar tras una noche de tormenta. Me chocó encontrar cosas tan curiosas como una cáscara de sandía o un garbanzo, y no tan curiosas como bolsas, botellas de plástico o colillas. Pienso si es que no sirven las papeleras que puedes encontrar en la playa cada 50 metros a lo largo de no se cuantos kilómetros.
Pese al viento empecé a sentir calor, me quité la camiseta y me descalcé para ducharme y empezar un nuevo día en aquel lugar.
Terminé temprano y aún me quedaba media mañana a hasta poder comer, el calor se iba apoderando de mí y poco le faltaba al sol para alcanzar su cenit. En la costa se está demasiado a gusto. Siempre corre una brisa que calma tu sofoco y allí es donde acabé. No me senté en la orilla si no en las dunas del final de la playa, allí se podría observar a todo el mundo, apenas alguien te podría observar allí y la mañana no sería tan aburrida.
Resultaba curioso ver tan despacio lo que hacía tanta gente a mi alrededor. Puesto que el mar no estaba en calma los chicos de la Cruz Roja avisaban a algún despistado o alguno no tanto del peligro del oleaje e insistían en que fueran más hacia la orilla. A mi derecha un padre volaba una cometa mientras que otro niño, supuse que era su hijo, volaba no muy lejos de él, una más pequeña. Delante, dos niños se revolcaban por la arena, otros hacían agujeros para encontrar agua o castillos y la mayoría de los adultas leían revistas, libros, charlaban o se limitaban a vigilar a sus pequeños monstruitos. Poco a poco las familias se fueron marchando para preparar la comida de hoy y yo me dispuse a hacer lo mismo. Raro que la playa no me diese hambre y fue por eso por lo que simplemente me hice una tortilla francesa (mi especialidad) y una rebanada de pan con tomate y queso. Dormí la siesta, sí, lo reconozco, puede que sea algo perezoso después de comer, pero si no después no se rinde. Desperté a media tarde, quizá fueran las 17:30. Necesitaba comprar lo indispensable para que mi establecimiento aquí sea aguantable y algo de comer para no morir de hambre. El supermercado no estaba demasiado lejos. Me pasee despacio por las estanterías llenas de comida porque si hay algo que me guste es ver eso, eso y las ajetreadas madres comparando precios y vigilando a sus niños. Por desgracia también vi a dos chicas jovencísimas mirando las bebidas para esta noche, al parecer tendrían algún botellón o alguna fiesta (Aunque descarto la segunda opción).
Al fin llegué a mi hogar así como a las 20:00. Cuando compro, normalmente se me va el santo al cielo y el tiempo pasa dos o tres veces más rápido. No os diré lo que cené esa noche simplemente por respeto.
Cuando hube terminado fregué los platos y los cubiertos de la más que evidente suciedad y coloqué todos y cada uno de los alimentos que pude comprar esa misma mañana. Ya con un poco de sueño y pesadez en el cuerpo me dirigí a la playa, bostecé, me desperecé y volví a bostezar. Esta vez no había nadie en la playa. Comment se dit en français, j´ai suis seul. Cogí un poco de arena, la metí en un tarro y fui a mi pequeña tienda. Preparé las sábanas y el saco de dormir. Me acomodé, apagué la luz y me dormí.
Hola, soy Heiiki, tengo 23 años, si está leyendo esto es porque encontró mi lugar más secreto, “la roca del bosque”. Es martes, 8 de noviembre1364, así podrá comprobar cuanto tiempo ha pasado desde que escribí esto. No diré que soy una chica sencilla, porque si no, le estaría mintiendo. Sí le diré a qué me dedico, me resulta algo extraño explicárselo, pues no es nada común. Mi misión en el mundo digámoslo así, fue captar los perfumes de la naturaleza y aprender a guardar su esencia para que puedan perdurar. Se preguntará, cómo hacer mi trabajo, le diré que soy la única persona de Escandinavia que aún mantiene este modo de vida. Mi madre me lo enseñó cuando era pequeña, y mi abuela, se lo enseñó a mi madre tan sólo cuando tenía 7 años. Ambas murieron el pasado invierno, tras la temible ola de frío que azotó Narvik. Ella me enseñó, que si querías guardar la esencia de una sustancia primero deberías encontrarla y tenerla frente a tus ojos, de ahí, que apenas veía a mi madre y a mi abuela por mi casa, siempre salían en busca de nuevos olores, cada vez más extraños y especiales. El primer perfume que conseguí hacer fue el de frambuesa. Si mira a la derecha, puede que vea unas zarzas donde yo solía recolectarlas .Mamá me explicó que tenía que coger un tarro redondo, parecido a los que se utilizan para vender la miel. Después, colocaría allí las frambuesas, procurando conseguir la máxima cantidad posible de ellas y metería un par de hojas de Yggdrasill y un trozo de seda blanca. Al cabo de dos semanas llenaría de sal el tarro y dos días después añadiría agua helada y savia de abedul
A la mañana siguiente vaciaría el tarro y cogería el trozo de seda impregnado de olor y de la esencia de la frambuesa. El frasco después lo guardaría y lo etiquetaría con su olor correspondiente, pues no lo perdería hasta pasados más de 100 años. Así conseguimos vender por toda Escandinavia los olores del bosque y de la naturaleza.
El secreto de este arte apenas era conocido, pues mi madre me explicó antes de morir que sólo las mujeres de nuestra familia podían conocer el modo en que se conseguía enfrascar los olores. Al no tener más hermanas, yo era la única capaz de enseñar este secreto. Sin embargo hace algo más de un mes descubrí que tenía la peste y que poco tiempo me quedaría de vida. Ya estoy débil, la comida no me sabe a nada y mi olfato se perdió hace unos días, la fiebre me impide buscar sustancias que enfrascar y mi muerte será inminente. Por eso le escribo a usted, espero, que la persona que pueda salvar el modo en el que pude fundirme con los ambientes más escondidos del bosque, donde pude saborear la vida y aprender una tradición casi perdida. Pido a Thor y a Aegir que le protejan…
Exasperado por lo que leí me apresuré a escribir. Saqué una nota del bolsillo a la vez que un trozo de grafito, mi letra fue nerviosa, pues movía el útil con gran celeridad.
Cuando la oportunidad tuviera de poder volar allí, un bosque podría encontrar de entre aquellos mares congelados y de aquellos grandes acantilados. Las tierras gélidas del Norte, me invitarán a que las pise sin detenerme a mirar qué es lo que vería detrás. Pues mi nuevo futuro, entre árboles nevados se encontrará.
El escrito enterré justo donde lo encontré, en los verdes bosques de Münsten con la esperanza de algún día poder volver, pues mi vida tomó el giro que tanto tiempo ansié y esperé.
Axel
Sentado en la arena fría de la noche, me toca meditar acerca del día de hoy y del día de mañana. La noche, silenciosa, callada sólo por el incesante sonido del mar promete ser tranquila. Las nubes cubren el cielo pero no por eso me eximen de poner en práctica mis vagos conocimientos de astronomía. Todo parece más fácil estando donde estoy.
Esta mañana llegué a este lugar, después de no se cuántas horas en la carretera y dos o tres cafés. Habría hecho una parada en una estación de servicio para poder reponerme del esfuerzo que era estar atento a que no te matase algún pirado. Cuando llegué, pensé que habría poca gente, pues parecía un sitio apacible y tranquilo y su accesibilidad no era del todo fácil, sin embargo me equivoqué.
Paré la furgoneta en la entrada, una volkswagen del ´63 y fui a pedir un mapa para poder ver cuáles eran las parcelas que se encontraban a mi disposición para poder ser ocupadas. Al final elegí la B-37. Era no muy grande, alejada de los aseos y cerca de la playa. Allí los eucaliptos cubrían de sombra la mayor parte de mi humilde nuevo hogar y proporcionándole también un agradable olor. Me tomé con calma el montar la tienda. Antes quise lavar un poco la lona y quitar la resina que los árboles han ido dejando sobre la tienda a lo largo de los años, pues tiempo atrás no tuve las suficientes ganas de hacerlo. Me pareció triste no haberlo hecho antes.
Terminé mi trabajo sobre la una, montar la tienda no fue una ardua tarea, pues, como ya os dije, era pequeña
Comer, bueno, más bien saborear lo poco que pudo soportar mi escaso apetito, un sándwich y una manzana. Cuando terminé, me metí en la tienda y me dispuse a leer, al cabo de 10 minutos caí vencido en el colchón por el sueño.
Desperté un poco más tarde, a las 16:30.
Tenía ganas de ver el mar y por ello cogí la toalla y un poco de agua. Tendréis que reconocer que siempre entra sed cuando se está en la playa. Me asomé a la arena, hacía viento y era pues la tarde perfecta para que aficionados de los deportes acuáticos practicaran lo que más les gustaba. Me impresionó ver a tanta gente practicando kitesurf y windsurf. El cielo se tiñó de infinidad de colores. Gran parte de mi tarde transcurrió mirándolos. Ya cuando el viento arreciaba fue cuando decidí marchar de nuevo a mi nuevo ”hogar”.
Cené, esta vez algo más consistente y encendí la radio para escuchar algo de música. Mi enfado fue notable al no poder sintonizar mi emisora favorita porque la onda de radio no tenía la misma señal aquí que donde normalmente solía escucharla. Por eso resignado recogí los platos y dada mi curiosidad habitual quise ver como otras personas, aventureros o familias habían decidido venir aquí.
Me sorprendí, miraba a mi izquierda y a mi derecha y sólo veía personas viendo la televisión, programas basura en sus tiendas de campaña, no noticias o algo por el estilo, veía familias con uno o dos ordenadores sobre sus mesas, haciendo cualquier cosa y jóvenes que al parecer no pueden vivir sin aparentar tener vida social, no fue esto lo que más me sorprendió, me chocó mucho comprobar cómo una familia no sólo se conformó con traerse a este lugar una televisión y un ordenador, también tuvo que traerse la antena de su casa, una antena que habían atado a un árbol para no perderse ni un solo canal y ver toda la programación. No os diré que mi resignación fue notable, pues quizá me tomaríais por exagerado, sin embargo yo soy un aventurero que se embarcó a la deriva a buscar una paz que en su lugar natal aún no ha podido encontrar, para estar en contacto con la naturaleza y sentir un poco como esa opresión que la ciudad intenta aplicarte desaparezca.
Me descompuse de mi asombro, necesitaba pensar, era ya de noche y fui a la playa. El viento no soplaba tan fuerte como antes, aún así hacía notar su presencia. Miré a mi alrededor, a un lado 4 chicos intentaban superar su miedo a un baño nocturno, a otro lado 3 chicas, se hacían fotos de diferentes maneras, supuse que sería para lo que todos sabemos y más allá unos 15 chicos y chicas todos de blanco hablaban en un corro, perdón, miento, gritaban en un corro. Vencido por los hechos sólo me quedaba volver a mi tienda y acostarme. Aproveché para pensar acerca de lo que hoy había visto. ¿Acaso pensaba de forma tan extraña?. ¿Acaso soy tan contrario a la sociedad? Lo siento pero ayer no encontré mi sitio en este mundo. Mañana sería otro día. Apagué la luz y me acosté.

Respiro…
Respiro, pero lo hago lentamente.
Respiro, pero cogiendo el máximo de oxígeno posible.
Respiro pero no contaminación.
Respiro, aire puro, respiro bosque…
Para respirar, antes necesito vivir.
Nuestro corazón nos permite hacerlo porque bombea el oxígeno que respiramos por todo el cuerpo.
Nuestro corazón no es el más rápido, ni mucho menos, por ejemplo, el de un ratón se mueve a más de (Número de pulsaciones) por minuto. ¿Eso significa que necesita más oxígeno? ¿Qué vive durante más tiempo?
Para poder vivir sin quemarnos por las radiaciones solares necesitamos oxígeno. Aunque no es el mismo que utilizamos para respirar, si no una triple unión de oxígenos. El ozono.
Antes había mucho ozono, producido por una gran explosión y esto fue lo que permitió que nosotros pudiéramos vivir.
Sin embargo…¿Porqué si ansiamos tanto nuestra vida nos la cargamos de esta manera?
Pues pondría mi mano en el fuego afirmando que ninguna persona querría morir siempre y cuando las cosas le fueran bien.
Creando agujeros en esta capa de ozono sólo conseguimos deshacer lo que un día bordamos. Nosotros formamos parte de estos hilos y somos nosotros los que nos movemos entrecruzándolos. Cambiando la vida. Favoreciéndonos a nosotros mismos, pero perjudicando al mundo en cuestión.
Quizá lo que se necesitaría sería vivir la experiencia de encontrarse aquí, rodeado de todo esto, de tanto oxígeno y por lo tanto de tanta vitalidad. Así al menos podríamos valorar lo importante que pueden llegar a ser las cosas invisibles, no sólo el oxígeno, si no también cualquier otra emoción o sentimiento pues no están sólo en nuestro corazón también en el ambiente, en el aire o la brisa, pues se pueden respirar como el oxígeno.
