La primera
vez que te vi ibas vestida de azul. Me fijé rápido en ti, en tu blancura de piel,
en tus mejillas encendidas, en tu suave perfume. Me pareciste tan pura y única que
dudé incluso de mis sentidos.
Recuerdo que giraste a la izquierda y aunque fuera en dirección contraria, sin
percatarme, comencé a seguirte alejándome de mi destino. Tu alegre baile me
parecía irresistible y con un cielo tan nuboso como aquel imaginé que eras un
verdadero ángel.
La primera vez que te vi los labios no los llevabas pintados de rojo. Hubiera
sido una ofensa hacia tus rasgos apacibles y cautos, una tentación revelada que
sin duda me hubiera arrastrado hacia ti en un arrebato de poseerte.
Lo único que quería era seguir observándote, ver si eras real, si no eras fruto
de una imaginación desesperada y corrompida que había caído en el desamparo del
whisky barato de las tres de la madrugada.
La primera vez que te vi llegaste a una calle sin salida, te diste la vuelta
con los ojos cerrados y te acercaste. Las piernas me fallaron. Me vi
arrodillado ante ti sintiendo un universo en mi interior.
Me acariciaste con tu mano la cara y me susurraste palabras que nunca
comprendí. Tomaste mis labios como pretexto, fui víctima de tu hechizo y bebí
de tu dulzura hasta el amanecer. Desperté con alas que nunca jamás volví a
perder.
Aquella vez fue la primera y última vez que te vi.
lunes, 7 de octubre de 2013
domingo, 29 de septiembre de 2013
Tumbas de luciérnagas
Nuestra vida
ha estado siempre llena de interrogantes. Nunca hemos tenido nada claro, salvo
que éramos inseparables.
Desde jóvenes estuvimos ligados en nuestro destino. Tú te fijaste en mí y yo ni siquiera podía verte y ahora, incluso cuando cierro los ojos, soy incapaz de dejarte marchar.
Nuestra primera casa se situó en las montañas. Ambos adoramos el frío, quizá yo tenga una mayor debilidad por la lluvia, pero tú la tenías por las velas perfumadas y las cabañas de madera.
Así pues, entre árboles y humedad aprendimos a enamorarnos. Respirábamos vainilla, incienso y canela e incluso escuchamos acordes de guitarra mientras mirábamos cómo el tiempo y las gotas pasaban por la ventana
Vivíamos sin preocupaciones, sin obligaciones, solos tú y yo.
Nos rendíamos a nuestros instintos una y otra vez y las velas se apagaban con nosotros, al amanecer.
Dormíamos acalorados, no queríamos separarnos el uno del otro y despertábamos con hambre de besos y galletas de chocolate. Paseábamos descalzos sobre el parquet y desprovistos de rencor y odio.
Nos queríamos, nos amábamos. Nos fundíamos en noches interminables rodeados de tumbas. Tumbas de luciérnagas.
Desde jóvenes estuvimos ligados en nuestro destino. Tú te fijaste en mí y yo ni siquiera podía verte y ahora, incluso cuando cierro los ojos, soy incapaz de dejarte marchar.
Nuestra primera casa se situó en las montañas. Ambos adoramos el frío, quizá yo tenga una mayor debilidad por la lluvia, pero tú la tenías por las velas perfumadas y las cabañas de madera.
Así pues, entre árboles y humedad aprendimos a enamorarnos. Respirábamos vainilla, incienso y canela e incluso escuchamos acordes de guitarra mientras mirábamos cómo el tiempo y las gotas pasaban por la ventana
Vivíamos sin preocupaciones, sin obligaciones, solos tú y yo.
Nos rendíamos a nuestros instintos una y otra vez y las velas se apagaban con nosotros, al amanecer.
Dormíamos acalorados, no queríamos separarnos el uno del otro y despertábamos con hambre de besos y galletas de chocolate. Paseábamos descalzos sobre el parquet y desprovistos de rencor y odio.
Nos queríamos, nos amábamos. Nos fundíamos en noches interminables rodeados de tumbas. Tumbas de luciérnagas.
jueves, 19 de septiembre de 2013
Me visto de ángel cada vez que estoy contigo
Ninguna
criatura, salvo otra como tú, podría tolerar tu presencia. Te observo
ensimismado, memorizo cada parte de tu cuerpo perfecto. Cómo me gustaría poder
tocarlo, poder sentirlo, hacerlo mío.
Te rodea un aura que me encanta, me deja a tu merced y decisión. Casi no puedo dejar de pensar cómo has llegado a ser como eres. Tan perfecta a mis corrompidos ojos. Eres una especie de perdición.
Tus súplicas las escucho como órdenes irrompibles. Me siento un ser quebradizo y vulnerable ante ti, como si fuera un vulgar mensajero de cartas sin sello.
Pero cuando me miras con ojos de fuego, enciendes mi alma y mis sentidos. Me fortaleces, me alzas, me llevas al cielo, contigo, donde se encuentran los ángeles y nos enredamos entre miradas persuasivas.
Tengo incrustado el color de tus ojos en mi mente, tus labios mojados, tus pómulos calientes. Tengo guardados los mejores momentos de mi vida en recuerdos con olor a flores y perfume.
Tengo la suerte de tenerte.

sábado, 14 de septiembre de 2013
Tiempo
Has decidido preocuparme.
Harás que me mantenga en vela de nuevo noches interminables, sin saber qué decir, qué pensar o qué llorar. Las mejillas me saben a sal y la sal me recuerda a ti.
Me recordarás las ganas que tengo de volver a un castillo, un castillo en el que no haga ni frío ni calor, pero que esté junto al mar y que desde él se pueda ver un faro y el puerto.
Me volverás solitario, más solitario que nunca. Y tomaré las noches con melancolía y tristeza, notando tu ausencia en la distancia y cómo crecen mis penas.
Tú me haces cerrar los ojos para que pueda imaginarla. Casi ya no recuerdo su rostro por las mañanas dormida entre las sábanas.
Me castigas y me enfadas, me pones de los nervios, maldito. No me dejas tranquilo, no haces más que molestar y estar presente cuando lo único que quiero es hacerte desaparecer para volver a abrazar a mi otro corazón que espera paciente la transfusión de mis sentimientos.
Necesito que me abrace de nuevo, aunque fuera sólo una vez más, pero en esta ocasión párate, no avances más, déjame saborear sus labios con dulzura o con violencia, pero deja de estar presente.
Romperé tu mecanismo, tiempo dichoso.
Te fumaré como en Momo.
Harás que me mantenga en vela de nuevo noches interminables, sin saber qué decir, qué pensar o qué llorar. Las mejillas me saben a sal y la sal me recuerda a ti.
Me recordarás las ganas que tengo de volver a un castillo, un castillo en el que no haga ni frío ni calor, pero que esté junto al mar y que desde él se pueda ver un faro y el puerto.
Me volverás solitario, más solitario que nunca. Y tomaré las noches con melancolía y tristeza, notando tu ausencia en la distancia y cómo crecen mis penas.
Tú me haces cerrar los ojos para que pueda imaginarla. Casi ya no recuerdo su rostro por las mañanas dormida entre las sábanas.
Me castigas y me enfadas, me pones de los nervios, maldito. No me dejas tranquilo, no haces más que molestar y estar presente cuando lo único que quiero es hacerte desaparecer para volver a abrazar a mi otro corazón que espera paciente la transfusión de mis sentimientos.
Necesito que me abrace de nuevo, aunque fuera sólo una vez más, pero en esta ocasión párate, no avances más, déjame saborear sus labios con dulzura o con violencia, pero deja de estar presente.
Romperé tu mecanismo, tiempo dichoso.
Te fumaré como en Momo.
sábado, 13 de julio de 2013
Olvidé cómo te llamabas
Abro los ojos pero no estabas ahí. Ni siquiera
tapada con una fina sábana que marcaba tu silueta de musa. Dios, te echo tanto
de menos.
Me faltas en las noches más oscuras. Nosotros las iluminábamos, ¿recuerdas?
Me cuesta recordarte saliendo de la ducha. Espera, creo que ya me acuerdo: Dejabas tu pelo oscuro caer por la espalda desnuda aún algo mojada. Una toalla cubría con timidez toda tu belleza y yo cerraba los ojos esperando a que me besaras con dulzura.
Caías sobre la cama y me empujabas hacia el placer. Yo sólo podía quedarme quieto, asombrado ante tus ojos de fiera. Sentía tus labios por mi cuello, el pecho y el vientre. Esa sensación me estremecía y recuerdo temblar como la tierra cuando me abrazabas. La respiración se aceleraba y nos perdíamos en abismos infinitos y en aullidos de licántropo hambriento.
Parecíamos una sola persona, buscando refugio en nuestros corazones vacíos.
Olvidé hasta cómo te llamabas. Nosotros no entendíamos de nombres.
Me faltas en las noches más oscuras. Nosotros las iluminábamos, ¿recuerdas?
Me cuesta recordarte saliendo de la ducha. Espera, creo que ya me acuerdo: Dejabas tu pelo oscuro caer por la espalda desnuda aún algo mojada. Una toalla cubría con timidez toda tu belleza y yo cerraba los ojos esperando a que me besaras con dulzura.
Caías sobre la cama y me empujabas hacia el placer. Yo sólo podía quedarme quieto, asombrado ante tus ojos de fiera. Sentía tus labios por mi cuello, el pecho y el vientre. Esa sensación me estremecía y recuerdo temblar como la tierra cuando me abrazabas. La respiración se aceleraba y nos perdíamos en abismos infinitos y en aullidos de licántropo hambriento.
Parecíamos una sola persona, buscando refugio en nuestros corazones vacíos.
Olvidé hasta cómo te llamabas. Nosotros no entendíamos de nombres.
jueves, 4 de julio de 2013
Alta mar
La culpa de mis noches en vela
sólo la tuvimos nosotros.
Acompasábamos nuestra respiración con canciones del alma,
Acompasábamos nuestra respiración con canciones del alma,
ahora canciones de angustia y
olvido.
Cuánto añoré aquel viejo reproductor que sólo funcionaba de madrugada,
Cuánto añoré aquel viejo reproductor que sólo funcionaba de madrugada,
los despertadores apagados, las
gaviotas del puerto.
Cuando respiro por las mañanas aún sigo buscando tu rastro entre el salitre, el incienso que quemó cada una de nuestras vidas de marzo.
Todo estaba medido, todo era cómplice de un íntimo secreto.
Amarnos todas las noches que quisimos hasta devorarnos.
Temía desaparecer bajo tu cuerpo y hacerme más y más pequeño,
pero siempre aparecías con un salvavidas para rescatarme hasta la próxima ventisca.

viernes, 7 de junio de 2013
Luz apagada
Me destrozas
con tus silencios, tus ojos perdidos, tus labios callados.
Desearía conocer todas tus penas, para susurrarles nanas al oído, y dormirlas toda la noche.
Soy egoísta contigo, quiero tenerte entre mis brazos más horas de las que tiene un día, pero te escabulles y te pierdo. Te busco y no te encuentro.
Recordar nuestra odisea mientras nos consumimos como el incienso, lentamente, dejando un suave aroma de disgusto y desesperación.
Los pies fríos se estremecen y nuestras manos se agarran a la piel caliente como si fuera nuestra última noche en la tierra.
La distancia es el peor de los amores. Es la cruz que tanto me pesa. El cuchillo que se me clava y sangro, sangro demasiado para mentirte y esconder mis desvelos.
Sigues perdida mirando aquella pared blanca con cara cansada.

Desearía conocer todas tus penas, para susurrarles nanas al oído, y dormirlas toda la noche.
Soy egoísta contigo, quiero tenerte entre mis brazos más horas de las que tiene un día, pero te escabulles y te pierdo. Te busco y no te encuentro.
Recordar nuestra odisea mientras nos consumimos como el incienso, lentamente, dejando un suave aroma de disgusto y desesperación.
Los pies fríos se estremecen y nuestras manos se agarran a la piel caliente como si fuera nuestra última noche en la tierra.
La distancia es el peor de los amores. Es la cruz que tanto me pesa. El cuchillo que se me clava y sangro, sangro demasiado para mentirte y esconder mis desvelos.
Sigues perdida mirando aquella pared blanca con cara cansada.
jueves, 30 de mayo de 2013
Celeste
No podría imaginar a otra
persona que mereciera tener alas más que tú.
Eres una especie de obsesión. Nada bueno ni saludable según el médico.
Eres una especie de obsesión. Nada bueno ni saludable según el médico.
Llevas una especie de coraza en el alma que no te quieres quitar aún.
Eres tan distinta a cuando te conocí.
Quiero que seas mi ángel.
sábado, 25 de mayo de 2013
El mecanismo de un reloj
Así eres tú,
como el mecanismo de un reloj de bolsillo.
Un trabajo meticuloso que precisa de tacto y sabiduría.
La experiencia se hace esencial en el maestro relojero. Los dedos han de ser delicados y finos, como los de una señorita, para poder manejar con exactitud las manecillas de plata y los engranajes de cobre. Para poder manejar también tus humores.
La vista debe ser aguda y el temple sobresaliente.
La sincronización de la ligera maquinaria, cada tuerca y cada pieza del aparato, han de quedar sujetas y perfectamente encajadas. No puede haber fallos.
Si agitara el pequeño objeto apenas podría oír algo. Si te agitara, por dentro habría mil cosas que chirriarían.
Acabas siendo tan delicada como el mecanismo de un reloj de bolsillo.

Un trabajo meticuloso que precisa de tacto y sabiduría.
La experiencia se hace esencial en el maestro relojero. Los dedos han de ser delicados y finos, como los de una señorita, para poder manejar con exactitud las manecillas de plata y los engranajes de cobre. Para poder manejar también tus humores.
La vista debe ser aguda y el temple sobresaliente.
La sincronización de la ligera maquinaria, cada tuerca y cada pieza del aparato, han de quedar sujetas y perfectamente encajadas. No puede haber fallos.
Si agitara el pequeño objeto apenas podría oír algo. Si te agitara, por dentro habría mil cosas que chirriarían.
Acabas siendo tan delicada como el mecanismo de un reloj de bolsillo.

domingo, 19 de mayo de 2013
Salvaje
No eras consciente, en absoluto, de la mitad de cosas que hacías. Te movías por
el instinto y eso te hacía ser independiente y no necesitar a nadie cerca de
ti.
La naturaleza te protegía. Era tu amparo. Tu cuidabas tus árboles milenarios y sus frutos del cielo y del paraíso. En ocasiones, hasta me dejabas oír cómo le hablabas al bosque.
Tu corazón paseaba desnudo, casi
como tu cuerpo. No sabías hablar mi lengua y sólo podíamos entendernos por
signos.
Los lobos te seguían a donde
fueras. Eran los guardianes del bosque. Cuando acercabas tu cabeza a la suya
eras la única que podía saber lo que pensaban.
El sol no ha desgastado aún tu piel y el verdor de tus ojos contrasta con la pasión que te inunda las arterias. Eras una guerrera peligrosa.
El sol no ha desgastado aún tu piel y el verdor de tus ojos contrasta con la pasión que te inunda las arterias. Eras una guerrera peligrosa.
Nunca me dejaste acercarme demasiado a ti. Pasabas horas observándome desde los
árboles. Hasta que desaparecerías y no volvías en varias semanas.
Eras una salvaje. Pero eras mi salvaje.
[Kedvesem]

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