lunes, 3 de octubre de 2011

Percepciones II

Este mes de Octubre no os propongo una frase, sino cuatro palabras que para mí tienen una importancia vital.

Los 4 elementos

El fuego, el aire, el agua y la tierra.

[Aquello que se os ocurra, aquel elemento que os guste como el que más, razones para elegir uno y no otro... En esta sección todo tiene cabida y todo lo que digáis es importante]

lunes, 26 de septiembre de 2011

Blando metal

Existe un tren, un tren que empezó siendo pequeño, construido con escaso presupuesto y con más dedicación que esperanzas de fiabilidad o de beneficio.
Aquel tren transportaba pasaj
eros desde el frondoso valle de la zona oeste hasta las altas cumbres de la zona norte.

Atravesando senderos abandonados por una vía raída por el tiempo y con tornillos oxidados. Madera carcomida la aseguraba y cada vez que pasaba por el puente del Gran Lago toda su estructura crujía.
Era emocionante, emocionantemente peligroso. Peligrosamente emocionante.

Aquel tren trasnportaba pasajeros desde el frondoso valle hasta las altas cumbres del Norte. Yo fui el primero en fijarme en ese tren, quien deseo renovarlo, lo que sería y se convertiría en el proyecto de mi vida.

Una vida por delante, medios rudimentarios y trastocados.

Ilusión y convicción la que os podáis imaginar.

Fue un 17 de Octubre de a saber qué año el día que empecé a hablar de aquella majestuosidad.

Amaba encarecidamente ese amasijo de hierros y tablas y fue mi cabezonería y un buen vaso de whiskey barato lo que hizo que empezar a tomarme en serio este proyecto.

Durante años me dediqué, casi exclusivamente a la mejora de aquel tren y de su trayecto. Sin apenas poder imaginarme más limpio que las manchas de grasa y hollín que llenaban gran parte de mis brazos y mi cara (excepto la parte de los ojos, que los protegía con unas lentes parecidas a las de un aviador), dediqué mañanas, tardes y noches a investigar los caminos y recorridos, a informarme de los avances tecnológicos, a pensar en cómo poder utilizar mejor el viejo tren....

Encontré en mi pequeño y joven aprendiz la receta de
un espíritu renovado cada día y me serví de él para no caer en la locura ni sobrepasar mi cordura. Como inocente y aún inexperimentado siervo conseguí que aprendiera con facilidad las nociones básicas del tren y su compleja mecánica. Los golpes que le asestaba tras sus indecentes equivocaciones, hicieron de él un verdadero especialista y tan sólo tardó 4 años en llevarme la delantera en topografía. Fue pues cuando él me confió sus ganas de diseñar el nuevo recorrido, que el tren haría y fue él quien dispuso ante mí una fortuna tal que dudé si había matado a cientos de personas para conseguirla.

Con una financiación que nunca me atreví a preguntarle, comenzó su utópico diseño de los planos de recorrido. No sólo se encerraba en el cobertizo que conseguí proporcionarle en el taller, también me confesó sus contactos con empresas de nuevos y más modernos materiales y emprendió su particular carrera hacia el éxito.

Mientra yo estudiaba cada recoveco del armatoste de hierro, cargamentos de cajas se iban apilando en las esquinas del lóbrego taller.

Pronto sus ausencias fueron recurrentes, y mi enfermedad, contraída hará unos 4 meses, empeoraba mi salud y aceleraba mi vejez.

Mis escritos de años y mis descubrimientos de aquella poderosa máquina los guardé en el lugar más recóndito de mi mente para poder desvelar sólo a él, los secretos que escondía.

Ya en mis días de locura y de vaga consciencia, con meticulosidad y cuidado, cargó más con mi alma que conmigo hasta el Gran Lago. Allí se alzaba el nuevo puente que él mandó construir con una ayuda que nunca quiso desvelar. Más adelante, una colina despertaba las nevadas cumbres que serían rodeadas por las nuevas vías de resistente acero y madera nueva.

Mis recuerdos de aquel momento, más vivos que muertos, perviven aún en mi interminable adiós, pero fue un 9 de septiembre de un año ya olvidado por mí, el día en que observé el trayecto de aquella maravillosa locomotora. El trayecto, 5 km más largo, tardaba menos de la mitad de tiempo.

Su efectividad y su velocidad, hicieron de aquel tren recurso indispensable para el día a día de decenas de personas.

Construcción de héroes, sigo refugiándome en aquella locomotora que ruge con violencia cada vez que el viento de invierno roza sus innovadores mecanismos; que bombea aquel delicioso vapor; que me regala aquellas sensaciones mágicas e indescrptibles; que acelera cada vez que decido pensar en ti.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Recuerdos

Cuando ves que todo lo que pueda pasarte, todo lo que te pasa y todo lo que te pasó puede desaparecer, hay veces que dejamos de sonreir…

Hablo de todas las cosas malas que hemos sufrido en nuestra vida, como aquel accidente de tráfico, o el día en que miles de personas murieron ahogados, sepultados o aniquilados.

Hablo de cada uno de los recuerdos que nos azotan desde que tenemos uso de conciencia. El día en que abracé a aquel desconocido, el día que mi regalo fue el más grande en Navidad, el día en que descubrí que aquel videojuego era el mejor del mundo, o la tarde que no me importó quedar 2º en aquel campeonato de balonmano.

Miro atrás y veo que lo malo me ha hecho recapacitar y me ha hecho cambiar a mejor. Ser más tolerante, sabio y cuidadoso.

Miro atrás y veo lo que he cambiado. Antes no era así y en unos años no seré como soy ahora.

Lamento y no sabéis cuanto, que exista gente que en esto no puede pensar, más por nada, por que no puede recordarlo.

Gente que no puede acordarse ni del más doloroso recuerdo de su vida, ni del más feliz, que ha perdido parte de su identidad, porque más que nunca no saben quienes son.

Hoy, aprovechando que es el Día Mundial de la lucha contra el Alzheimer y aprovechando que este 2011 es también el año de la lucha contra el Alzheimer, recuerdo a todas aquellas personas que no quisieron pasar por algo que ahora les come poco a poco…

domingo, 18 de septiembre de 2011

Mitos y leyendas

En mís días de egoísmo fui Diosa del Olimpo y no lo supe.
Como egoísta que fui mi superioridad más aún se hizo notar no sólo entre mortales y semidioses, si no en los compañeros de mi misma condición.

Un mortal, tan vulnerable y necio. Apenas rival para una divinidad.

Con arte y sutileza, volcanes de lava y magma se hizaron sobre ciudades enteras para deleite el mío de su completa destrucción.

La fragilidad que reflejaban poco podía importarle a una deidad de lo cielos que incluso lluvia era capaz de controlar. Tormentera fortuna la que hizo salvar de aquella hecatombe a un solo mortal. Ser que más tarde ocuparía mi lugar.

Fui titán en mi época de máxima crueldad. La destrucción, valorada entre pocos, no tardó en convertirse en el motor que movía mis ganas de exterminar, mi única razón de ser.

Fuerza sobrehumana la mía y alaridos ensordecedores hacían extremecer al más valiente de los héroes, mientras mi oscuro fin, moría por dentro con cada víctima de mi violenta locura.

La culpa, organizada en la cabeza y sin indício alguno de su cese, acabó por carcomer la poca coherencia que me quedaba y el haz de destrucción que dejé y dejaba, se convirtió en una explosión que apenas dejó cuerpo mío sobre la faz del Mundo de los Mortales.

Fueron los navegantes los únicos supervivientes de la maldición de aquellos que rencor y malicia sólo contenían en su interior. En un ademán de perder el miedo fue el navegante quien se asomó a cubierta a ver los cielos ardientes y las nubes de odio y maldad que ascendían verticalmente hacia el agujero de los cielos.

El mar, azul e intacto, impoluto tras los estragos que llevaron a la desaparición de aquellos que habitaban la tierra. Brindó oportunidad a cada uno de sus fieles de pedir un deseo. Y no fue más que su bondad impregnada de sal y frescor, la que hizo recomponer aquel estado de aflicción, que se cernió sobre los vivos y que recompuso las vidas de hasta los muertos.

Por esto y aquello, recuerdo, que no fui diosa, ni titán, si no humilde pescador, marinero de la mar.

lunes, 12 de septiembre de 2011

Hay cosas que es mejor no dejar pasar.

Empecé conociéndome durante mucho tiempo y a aprender de mí como nadie antes se había molestado nunca.

Vi que físicamente soy un chico normal, que tengo dos ojos (algo más claros que la media), dos piernas algo delgadas y dos brazos, un poco más largos que la media.

El pelo es totalmente normal. No es rizado, aunque tampoco llega a ser liso.

Al cabo de un tiempo, y tras ver aquella película, aprendí, que en el mundo sólo existen dos clases de personas: los hombres y las mujeres.

Y yo sólo tenía una cosa muy clara. Que era un hombre.

No tardé en darme cuenta de que había mucha más gente como yo.

Vestían diferente, tenían sombreros más grandes o más pequeños y corbatas de diferentes colores. Los maletines, algunos raídos con el tiempo y otros importados directamente desde Viena.

Supe, que no todos los hombres se movían a la misma velocidad y, al igual que un anciano tardaba una media de 6 minutos y 27 segundos en ir del parque a la estación. Un joven hacía el mismo trayecto en casi la mitad de tiempo, 2 minutos y 58 segundos.

Más tarde me fijé en la altura.

Fue algo muy extraño porque los hombres, al igual que las mujeres, primero son infinitamente pequeños, y más tarde, empiezan a crecer desmesurdamante hasta que un día bajan su nivel de crecimiento más de un 100% de la media que habían mantenido en los últimos años. Así, pasarían décadas manteniendo estable su crecimiento, hasta que éste empezara a decaer volviendo a una especie de decrecimiento no muy pronunciado.

Incluso me costó comprender cómo hombres exactamente de la misma edad mantenían diferencias tan notables entre sus estaturas.

Cuando creí haber comprendido casi en su totalidad a los hombres me fijé en las mujeres.

Claramente estaba ella. Una chica totalmente normal. Pelo oscuro y un poco más largo de la media, ojos curiosos y sonrisa pícara. Delgada, bastante más que la media y con olores que enamoran. Estatura un poco por debajo de la media y alegre.

Si había algo que la diferenciara de mí es que ella era una mujer. Y como mujer hacía cosas típicas de las mujeres: iba a la peluquería, hacía la compra buscando los precios más indicados, le gustaba presumir y vestir bien y que le regalaran cosas bonitas.

Ella era una chica con suerte porque le hacían una media de 45 regalos al año, de los cuales, el 60% eran de desconocidos y sólo un 1% era mío.

Si me quedo con algo de nuestra relación es que siempre hemos sabido dejarnos llevar y abandonarnos el uno al otro al azar. Sí, suena demasiado bien, como aquellas tardes por Copenhague.

Recuerdo fácilmente su nombre, algo que no me cuesta apenas.
Tampoco olvido nunca aquello que ya está escrito.

En realidad, lo único que me falta es saber de quién estoy hablando.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Percepciones

He decidido haceros partícipes también de frases que han sido (o son) históricas para mí. Yo las entiendo a mi manera. Quizá comparta lo que digáis, quizá piense justo lo contrario, en tal caso siempre aceptaré aquello que queráis decirme.


Cada mes os pondré una frase para que simplemente me digáis a qué os recuerda, si la habéis oído antes, qué os incita, qué puede significar, si os inspira. No importa qué es lo que digáis. Lo importante es que lo hagáis.


“La vida es como un cuenco de cerezas”

“The War” (Jon Avnet)

lunes, 29 de agosto de 2011

Thunders

Se avecinan tormentas...

Quizá sea esto lo que se diga ante una situación bastante controvertida que ocurrirá en un período de tiempo corto- medio. Ésta tormentosa metáfora, generalmente va seguida de problemas o conflictos que nunca hacen bien a nadie.

Quizá sea por mi carácter esquivo o por mi afán de rehuir la propia realidad lo que me haga ser hidrófilo* a parte de masoca. Sí, llueve y allí estoy yo.

¿Qué tormenta ni qué tonterías? Agua para el cuerpo, agua para la huerta y agua para refrescar mi memoria. Después de tanto día seco y de temperaturas superiores a los 310ºK, normal que las células de mi cerebro empezaran a experimentar ciertos procesos de plasmólisis*

Truena y relámpagos se ven.

Suenan y son vistos.

El cielo se ilumina por momentos y las gotas dejan entrever la suciedad de mi terraza.

La ropa hay que recogerla, si no acabará mojada.

Las ventanas hay que cerrarlas, si no acabarán empapadas. Aguanto un poco el calor por impedir que la lluvia quiera entrar a mi casa. Yo la dejo, tiene mi permiso, pero la casa no es mía, y hay que obedecer ciertas normas…

Hay una canción de los Beatles que dice así:

“For tomorrow may rain, so I´ll follow the sun”

Sólo propongo cambiarla un poco y decir:

“For tomorrow may the sun shine, so I´ll follow the rain”

Agosto acaba, el verano se va, el sol palidece, las nubes le hacen frente.

Vuelve el frío, vuelve mi terreno.

domingo, 21 de agosto de 2011

The Liverpool Band

Rondaba la medianoche y las calles se alzaban iluminadas y repletas de compradores, jóvenes con ganas de divertirse y acostarse tarde y ancianos que ocupaban cansados, los bancos del pequeño paseo más conocido popularmente como “La Corredera”.

Las heladerías ocupaban con sus mesas y sillas parte del paseo. Eran noches de prosperidad en el negocio y, en general, en verano siempre es así. Niños felices con sus cucuruchos o absorbiendo sus granizados en busca de un líquido que desapareció y todo lo que quedaba ya era hielo, adultos con una tarrina en copa de cristal acompañada de algún barquillo de galleta, trocitos de chocolate o una palmera con un fino tronco de madera y hecha de papel, mostraban como un mayor nivel. Muchos de los ancianos veían a sus nietos complacidos, miraban apagados el pasar de la gente o imaginaban que entre tanto joven podrían sentirse, más que nunca, mucho más viejos.

Mi familia es de allí, y claro, tenían que pararse con 6 de cada 10 personas que pasaban por el paseo a saludar. Yo, que apenas conozco a un 1% de las personas en cuestión, me limitaba a asentir, decir mi nombre y a sonreír.

Así, poco a poco llegamos al Cine Rosales, lugar donde en escasos 10 minutos The Liverpool Band haría su puesta en escena.

El Cine Rosales es el típico cine de verano que utiliza todo el pueblo para ver películas aunque permanece abierto en primavera y en otoño siempre y cuando el tiempo acompañe, en tal caso, si quieres disfrutar de una película deberás ir al Auditorio Municipal, dos calles más abajo. Además, el lugar, al tener un pequeño escenario es utilizado para hacer pequeños conciertos de la Banda de Música del pueblo, bailes regionales o pequeñas representaciones teatrales.

The Liverpool Band empezó su actuación casi una hora después de lo previsto ya que todavía a esas horas había gente que se iba incorporando al espectáculo.

Los cuatro integrantes de la Banda, 4 chicos de Alicante, vestían y tocaba como los archiconocidos Beatles y representarían a España en un certamen en Liverpool de bandas de todo el mundo que rinden tributo a este legendario grupo.

Empezaron animando un poco el ambiente con un "Twist and shout" y ya siguieron con míticas como "Help" (I need somebody)

Qisieron comprar mi amor cantando "Can buy my love" o quisieron dejarlo todo con su entrañable “Let it be”.

El verano había hecho que muchos extrangeros, (ingleses en su gran mayoría) acudieran también al evento y yo me quedé con la boca abierta cuando dos parejas que no bajarían de los 55 o 60 años bailaban un rock con una energía de jóvenes de 20 años. La mujer bailaba descalza mientras el hombre la iba acompañando por detrás de su cintura, le daba vueltas o se separaba de ella para volver a juntarse. Im-presionante.

Después pude hablar con ellos, resultaron ser unos amigos de unos primos lejanos de mis padres que vivían en la urbanización inglesa a las afueras del pueblo y con sudor en la frente y con radiante sonrisa me demostraron que por muchas arrugas que pudieran tener en la cara, su corazón seguía tan joven como siempre.

El show acabó con un “Hey Jude” que cantamos todos moviéndonos a un lado y a otro y con una satisfación personal increíble. Para mí, que nunca viví en la época de la revolución mundial que causaron los Beatles, escucharlos a ellos era lo que más podría acercarme a esos 4 de Liverpool que nos enamoraron a todos.

jueves, 18 de agosto de 2011

Mentiras, las sé, lo sabes.

Mientras tú y yo nos miramos el mundo sigue avanzando. Se nos va a la misma velocidad.

Tú eres alta, delgada, de pelo brillante castaño y muy largo y ojos melosos. Tú me describes como tu príncipe, pero porque me despertaste con tu beso.

Para ti yo soy más alto aún, pelo negro y corto y de ojos indefinibles. Medio mago medio adivino, dices que soy de carácter alegre y esquivo, tímido a veces, extrovertido. Soñador en otras muchas, previsible, caballeroso, ocupado e ingenuo, modesto y prejuicioso.

No puedo describirte, no sería objetivo, aunque probaré a decir que eres preciosa cada vez que te miro, que te salen hoyos en las mejillas cuando sonríes, muy atrevida, consciente y viva, un poco triste a veces, e incluso mentirosa, (lo haces muy bien), maniática, simpática y dulce, orgullosa, pero cariñosa.

No nos queremos, nos deseamos.

No nos miramos, nos devoramos.

No quedas conmigo en el parque, paseas despistada. No quedo contigo en el parque, iba a casa de un amigo y casualmente pasaba por allí. Mentimos. Lo sabemos. Nos escapamos.

Solos nos miramos lujuriosos.

Solos nos enamoramos rápidamente.

Caminamos rápido. Corremos. Llegamos a la colina. Tú me tiras, yo te llevo conmigo. Ambos caemos y rodamos. Nos paramos hiperventilando. Nos miramos. Nos besamos con hambre. Nos odiamos y nos mordemos, arremetemos uno contra el otro con violencia. No sabemos cómo ponernos, ninguna posición parece ser cómoda. Me muevo, me paras, te mueves, te dejo.

Te separo. Aunque me dices que eras tú quien habías parado.

Sonríes pícara. Sé que mientes. Sabes que yo también lo sé.

Me incorporo y apoyo los codos sobre las rodillas sentado.

Me sigues mirando soñadora. Te ignoro y miro al azul infinito.

Te rindes. Yo gano. Aceptas tu derrota y te sientas detrás de mí.

Me rodeas con los brazos y apoyas tu cabeza en mi espalda. Un escalofrío recorre mi cuerpo. Disfruto mi victoria.

Apoyas tu barbilla en mi hombro. Susurras amores. Sólo mientes pero contesto a cada uno de ellos. Me engañas, me confundes, me drogas y te dejo.

Me doy la vuelta lentamente. Te extrañas. Sonrío y te relajas.

Me acerco a ti. Pongo mi dedo índice en tu boca. Copias mi estrategia.

Te miro. Me miras. Busco más allá de la tirra del desierto. Buscas más allá de los bosques del mar.

Cierras los ojos, te observo. Cierro los ojos, me observas.

Mientras tú y yo nos miramos el mundo sigue avanzando. Se nos va a la misma velocidad.

domingo, 7 de agosto de 2011

¿Cómo vamos?

Apenas había pasado algo más de una semana cuando ahora todos (o casi) nos volveríamos a ver. Yo estaba en mi casa descansando de el anterior viaje y ya me encontraba con otro nuevo.

Odio los viajes, quien me conoce lo sabe. Son largos, pesados, aburridos y cansados. Sí, claro, puedes ir escuchando música, sí, también, puedes ir mirando el pasaje o las nubes, por supuesto, dormirte un poco también puedes, pero yo soy más de los teletransportes, de los chasquidos de dedos, las apariciones, los transportadores interdimensionales o los “polvos flu”.

En avión lo paso un poco mal. Me mareo fácilmente (nunca miro por la ventana), me cuesta concentrarme o si no, me recuerda a tantos accidentes que he visto en las producciones de Spielberg, cuando no al accidente del vuelo 815 de Oceanic con destino a Australia, a serpientes asesinas en el avión, a aterrizajes forzosos realizados por actores- pasajeros, a las caídas con las máscaras de oxígeno, las alarmas y las luces parpadeantes… No, definitivamente, el avión no es lo que más me apasione. Aunque he de reconocer que me quedaría con dos cosas del avión. La primera el baño con su sistema de succión, me quedé pasmado cuando comprobé, personalmente, como funcionaba. La segunda, las azafatas, ni os imagináis lo divertido que me resulta ver cómo se tiene que inflar el chaleco o cómo se debe abrochar el cinturón de seguridad. Son buenas, muy buenas.

El tren es un muy buen transporte para mí. Cómodo (siempre y cuando no viaje de espaldas, en ese caso no sé si lo soportaría), tranquilo, rápido. Suman además los famosos auriculares que te ofrecen en cada trayecto y, por supuesto, los canales de naturaleza y música clásica que puedes escuchar desde tu asiento. Quizá pueda ser algo molesto el sonido de las puertas abriéndose y cerrandose constantemente, como consecuencia de los deambulantes pasajeros que tienen una urgencia, ya sea alimenticia o urinaria. El bagón restaurante es algo estrecho, pero venden cosas de “Comercio justo” y además, es todo ventanas, y en mis viajes a la capital, da gusto poder mirar tan claramente las extensas llanuras solitarias y soleadas de tierras de hidalgos y caballeros.

Me reservo de comentar el barco, porque, aunque nunca haya viajado en él, estoy seguro no, segurísimo, de que me marearía, puestos a que yo no puedo dar más de dos giros sobre mi propio eje debido a mi frágil sentido de la orientación y la realidad. No desmiento que no pueda ser precioso estar rodeado de mar por todas partes, y ver amanecer o anochecer sin más remedio por la proa, por la popa, por estribor o por babor. Si pudiera evitarlo sí, evitaría el barco.

El coche es lo más accesible a simple vista, es donde más cómodo estás. Lo haces tuyo, al menos el asiento que te corresponde. Está bien almohadillado, puedes descalzarte en él, dormir sin reparo, comer, hablar, observar…Siempre todo queda en familia.

Los viajes más largos he solido hacerlos en coche, aunque este año la estadística se ha roto un poco, bueno, hace 5 o 6 años la rompió el avión, pero exceptuémoslo.

Mi coche es un verdadero veterano de guerra, ruge como un abuelete, a veces enferma un poco, como los ancianos, pero con un poquito de cuidado se queda como nuevo. Como toda persona mayor, tiene cositas que ya no funcionan tan bien como antes, como es el caso de la radio o de los pestillos de seguridad, pero él es un valiente y nos da razones para que sigamos confiando en él. Sí, cuando compremos uno nuevo no va a ser lo mismo. Cuando vengan a recogerme, cuando lo vea aparcado o en el sótano no sé si lo podré reconocer como mío.

Como antes había dicho, últimamente me estoy “aficionando” a otro transporte. Lo comparto con desconocidos y con amigos y no reparo en su uso cuando tengo qu desplazarme por las mañanas. En efecto, hablo del autobús.

Lo necesité para todos y cada uno de mis viajes de fin de curso y de estudios, lo necesité para todos y cada uno de mis viajes con la federación de estudiantes, FEMAE, (¿recordáis?), lo necesité y lo necesito para moverme de aquí para allá y lo necesitaré para empezar con mis estudios de Historia en la Universidad. (Menudo año me espera de autobús…espero no cansarme demasiado pronto)

Exactamente fueron 11h lo que tardamos en ir a Cáceres hace unos días en uno de estos encuentros que hacemos a veces, y vamos, es un no saber cómo ponerse cómodo: se te duermen las piernas, si te duermes corres el riego de que te hagan cualquier cosa cuando no fotos con la boca abierta y babeando, no puedes levantarte para ir a hablar con uno, estar con el otro, o escuchar música de la otra, no, porque nos obligaron ir con el cinturón (Algo que vi muy bien y que, a pesar de lo que conllevaba, acepté con agrado.).

Claro, tantas horas allí sentado era algo casi psicológico, porque cuando parábamos a descansar, listos de nosotros que nos sentábamos en alguna silla, en algunas escaleras o en el suelo. Mira que después iríamos a estar otras 3 horas, al menos, sentados.

Pero el balance fue fantástico tanto en la ida como en la vuelta. De la primera me acuerdo menos, pero me gusta estar con la chica del piano, escuchar a sus compositores y pensar que algún día, muy lejano, podré superarla. La vuelta fue entretenida y rápida gracias a la agricultora neoyorquina (supongo que también os pasará, pero siempre se hacen mucho menos pesadas) casi no callamos y cuando lo hicimos fue para escuchar “Every breath you take”, seguida de otra de Matt and Kim, unas pocas de los Beatles, pasando por Keane, Coldplay y Secondhand Serenade. Era curioso estar consciente escuchando una de las canciones de estos grupos y despertar al poco tiempo escuchando otra. Pasamos todo el viaje de vuelta pegando cabezaditas, pero, cualquiera diría que pasamos 9 horas sentados en 1 metro cuadrado.