martes, 17 de abril de 2012

Requiem


Esa sensación.

Una vez más me tortura con sus garras heladas hasta hacerme enmudecer.
Sientes frío, un frío incómodo, un frío desolador que te deja en nada, que te atormenta, porque tu cabeza, coherencia no encuentra, no encuentra sentido a las palabras, busca salidas o explicaciones, busca, simplemente, expresiones, pero todas ellas se acallan en los labios y en los ojos.

La sal baña tus mejillas y tus pómulos permanecen cerrados. Tu cuerpo se desgana, se abandona poco a poco, te azota con graves temblores y el frío que antes sentías se derrite en tu espalda en un calor volcánico.

Te sientes pequeño, cansado…

En el mejor de los casos, ni siquiera te sientes.

viernes, 13 de abril de 2012

Resistencia


Las llanuras oscuras de mi fiel solemnidad, se retuercen y me abandonan. Me dejan en un estado moribundo y debilitado. Derrotado. 

Mi resistencia, se agota, o empieza, pero es algo que no sé si ahora mismo es algo que pueda saber.
La noche sabe a salado y entre un mar y la música, mis ojos enrojecen.
Las preguntas me abarrotan, me abordan y no sé cómo defenderme. En combate perdí mi espada, o por petición, la regalé, pero sin ella, libre e inofensivo me vuelvo.

No son bosques lo que en la lejanía diviso, no son montes, ni pantanos. Me acerco a los páramos. Ellos me comprenderán, ellos me tragarán y me olvidarán, y pasaré ante mi desgracia indemne, pues satisfecho quedaré de mi penitencia.
Olvidaré el mapa y las provisiones a bordo, a fin de aguantar y aquí permanecer.

A la espera quedaré, de saber si bien podré mantenerme, pero caer en la desventura, hará que fuertemente quede espacio para juzgarme, y allí seré yo el inclemente.


lunes, 9 de abril de 2012

Como quieras


Me levantaba dolorido, aún golpeado por las lágrimas que me colgaban de las mejillas. Devastado, alcé la mirada. Una mirada de angustia y seguridad. Una mirada vieja y débil, pero ante todo, una mirada segura. Apretaba las manos. La boca rehuyó mis palabras en un par de ocasiones. Me costaba coger aire, la atmósfera era densa y pesada. Tome aliento, mientras observaba el asombro en sus ojos profundos.
Apreté los puños. Noté cómo mis uñas se clavaban en la carne y cómo la desgarraban.

-Puedes llamarme caprichoso. Caprichoso por haber querido mantener mi promesa de poseerte durante tantos años, pese a que me diste razones suficientes para dejar de seguir tus pasos. Ingenuo por no pensar en la maldad que tú y tantas otras me dísteis a cambio de sonrisas de complicidad y noches de placer mal pagado. Imbécil por querer arreglar mis problemas en tugurios, con mala bebida llena de arrepentimientos, sudores fríos de insomnio y camisas sin planchar. Iluso por ver a través de tus ojos la autenticidad de nuestros besos, la belleza en nuestros ojos, la verdad de nuestras palabras, todas falsas. Exigente por obligarme, cada uno de los días en que mi mala consciencia se apoderó de mi, a seguir convenciéndome de lo buena que, en todos los tiempos pasados, presentes y futuros, serías para mí. Olvidé el subjuntivo. Insistente por nunca querer creer que nuestras vidas se cruzaron sin hacer ruído, que entre ellas explosionaron átomos y partículas en millones de minúsculos fragmentos. Mentiroso por decir que mi paciencia sería infinita por ti, y que mis lágrimas no bañaran mis mejillas si no es por tu escandalosa figura. Puedes… puedes humillarme, puedes pisotearme, puedes insultarme, pegarme, rebajarme. Pero lo que nunca consentiré que me digas será “cobarde”. Porque un cobarde desistiría y abandonaría. Huiría y engañaría. Tendría miedo, temor, traicionaría y mentiría. Un cobarde recorrería países, cambiaría su aspecto y sus formas, empezaría a fumar o lo dejaría, en un afán de querer esconder los indicios de su cobardía. Un cobarde no es capaz de mantener una mirada, no es capaz de alzar la voz estando en desventaja, ni tampoco de evitar que otros se aprovechen de su ingenuidad. Un cobarde observaría las circunstancias, pero nunca participaría en ellas. Las memorizaría y durante décadas las olvidaría. A fin de borrar su oscuro y avergonzante pasado.

Si me quitas la valentía, me quitas la vida. Y si me quitas la vida, nunca podré enfrentarme a ella. Me estancaría y lentamente provocarías mi agonía hasta morir.
El sufrimiento es humano. Desearlo, no lo es.
Si aún con todo esto te consintiera dar un paso más al frente, me dispararía a mí mismo, pero creo que no estoy en condiciones de negociar. Por eso, hoy, acabaremos antes que de costumbre. Antes de lo que nunca hubiera imaginado.

Cuando regresé a aquella fábrica silencié mi pasos.
Aún me pareció escuchar el eco de esos dos disparos. El olor a pólvora, impregnado en esos dos muertos.



martes, 3 de abril de 2012

Ballare


Aprieta los ojos lo más fuerte posible. No quiere aún ver nada.
Imagina las veces que ha hecho lo que está a punto de hacer, recuerda las horas de práctica, los esguinces, las lágrimas de dolor.

Se siente preparada.
Alarga los brazos. Los mueve con delicadeza. Pliega sus rodillas. Estira su pierna izquierda y relaja las manos.

Toca su frente con el dedo índice y lo hace recorrer todo su rostro. Se entretiene en los labios de sabor carmín. Sigue acariciando su cuello blanco, su pecho escondido, hasta terminar en su vientre.

Un grito exterior acelera su corazón. Cada vez conoce mejor cómo acaba la pieza que está sonando.

La respiración la controla, pese a todo ello, a la perfección. La practicó durante meses.
La utiliza con cuidado. El oxígeno es lo que le permite moverse, saltar y emocionar.

Respira una última vez, como si fuera a ser todo el oxígeno que necesitara para salvarse del naufragio de un galeón, como si fuera a ser  la última vez que el oxígeno se mezcla con aquel perfume de fantasía, como si fuera la única vez que respirara.

El silencio deja entreveer su extraña calma.
Hay aplausos que lo interrumpen.

Ella anda bien erguida, imponiendo la belleza de su andar.
Sigue aún con los ojos cerrados. Sabe cuántos pasos ha de dar hasta colocarse en posición.

Suena la música. Huele a maquillaje.
Los ojos se le abren. El teatro está rebosante.

Su cuerpo se mueve lentamente. Sus pies le obedecen.
Empieza la función.

martes, 27 de marzo de 2012

Sombras que muerden


Pues claro que me desconcierta.
Me desconierta siempre, y no sé por qué.

Es normal. Es una chica normal, con su pelo, sus ojos, sus dos piernas y sus dos brazos.
Sencilla, como tantas otras y amable, como otras muchas.

No puedo aguantarlo.
A veces la miro furioso y después espero algo de serenidad y compasión que venga de alguna parte de dentro de mi cuerpo. Pero nada, acabo encontrándome yo, con mi yo más confuso y haciéndonos compañía a ambos, mi yo más idiota.

¿Qué tiene?
Nada, si la cosa es que no tiene absolutamente nada.

Qué mentiroso eres.
Mi yo que miente sabe hacer bien su trabajo, pero mi yo razonable sabe cuál es la auténtica verdad.

¿Qué pasa si no te miro cuando me cruce contigo?
¿Qué pasa si decido evitarte como tantas veces he hecho?
¿Por qué? Por el miedo a hablarte, a saludarte, a tener una conversación corriente contigo. Una conversación de amigos. Entre amigos. Donde contarnos cómo nos va yendo la vida, dónde hemos estado este último fin de semana y el trabajo que tenemos que entregar para el próximo viernes. ¿Ves? ¿Fácil? Pues no, nada de eso.

Te seguiré. Te seguiré de cerca y te observaré. Conozco tus gestos, tus movimientos.
Cómo te recoges el pelo cuando lees, cómo pasas frío cuando el viento te azota, cómo utilizas siempre la pierna izquierda para cruzar un paso de peatones.

No puedes escapar. Tampoco yo te dejaré.
Pero cuando esté ante ti, sabré, que otra vez me he vuelto a equivocar y balbucearé preguntas azarosas e improvisadas hasta librarme de tus garras que me oprimen.

Sólo después de haber huído pienso que...



lunes, 19 de marzo de 2012

Viator


Atrás dejamos aquellos portones de madera vieja y hierros oxidados que protegían la ciudadela por su parte norte.
Eché un vistazo para despedir la hospitalidad que recibimos y me fijé en lo hinchada que me pareció la muralla. “Fue una buena fortaleza en su momento”. Pensé.

Retomamos el rumbo.
Yo, con mi útiles, maderas y lienzos. Ella con su agradable sonrisa y con el aprovisionamiento.
Una inscripción en un pequeño pilar nos mostró nuestro nuevo destino. Apenas quedaría a 3 noches de aquí. Sabíamos que podíamos hacer parada en una de las 4 tabernas que aparecían a la orilla del camino y eso nos daba cierta seguridad.

Los pies nos dolían.
Nos gustaba nuestra vida, aunque siempre fuera dura.
A medio día hicimos una parada. Ella se acercó a un manzano y recogió un poco de fruta para la comida. Mientras, me dispuse a preparar un nuevo marco de madera a partir de una sólida rama que había partida en el camino.
En una hora ya lo tenía listo, y ese mismo día comimos queso y pan de ayer, y cerezas. Todo un lujo en comparación con otros días, que ni siquiera comíamos, ya fuera por falta de hambre o de comida.

El cielo era azul. Un azul claro manchado por algunas blancas nubes.
Se notaba que el tiempo iba yendo cada vez a peor, pero aún disfrutábamos de buenas temperaturas.

Subimos una colina. El viento soplaba tímidamente.
La miré interesado. Ella entornaba los ojos y se recogía el pelo para que no le golpeara en la cara. Tenía una flor azul entre su cabello a modo de tocado. Me gustó verla así.

Saque mis lienzos, seleccioné mis pinceles y mis colores. Pedí que no se moviera. Ella lo hizo encantada.
Mi mano se movía ágilmente pintando los rojos que se tornaban en el cielo. Su vestido blanco.
Cambié de pincel, su fina silueta no merecía un trazado tan grueso.
Dibujé un hombre a su lado. Alto, con pelo largo y con camisa abierta y desgastada. Él sonreía a su lado.

Tal y como hago yo, al recibir tus cartas secretas.


jueves, 15 de marzo de 2012

Vainilla


Estoy tirado en la cama, apoyado en un cojín algo más grande que mi cabeza. Conozco aquel lugar a la perfección desde hace poco. Una mezcla oriental y hippie, con algunos detalles de animales y de piso universitario. Menos por el orden, en eso no se parece en nada a un piso universitario.
Me asomo a la ventana, aquella que nos da las mejores vistas de toda la ciudad, donde un manto de pequeñas luciérnagas iluminan las calles y los comercios. Los faros de los coches se mueven lentos y tímidos y la luna acaba de salir de una densa nube.

-Está llena la luna esta noche. Musito.

Y ella me regala una sonrisa de las que tanto me gustan. Está ocupada, intenta sorprenderme con una buena cena y yo me río de su cuidado en silencio. Intento ponerla nerviosa. La abrazo por detrás, huelo su pálido cuello y la beso en la mejilla. Ella protesta:

 -Así es imposible hacer la cena. Si no quieres que cenemos y hagamos otra cosa, puedes decírmelo. Dice insinuante

Se ha revuelto y me ha pillado desprevenido, ahora estamos el uno con el otro, frente a frente y lo peor es que me tiene el cuello rodeado con su brazos. No puedo escapar.

 –Ahora qué, ¿me vas a dejar hacer la cena?.

Odio cuando me mira así, levantando las cejas,  no puedo hacer nada y ya sabe cómo controlarme. Intento contraatacar.

–Que sepas que tengo mejores expectativas de la cena que de ti esta noche, así que, bonica, se te va a pegar la pasta.

Estamos más cerca que antes, nos rozamos tímidamente con la nariz.

–¿Sí? susurra sonriente.
– Sí. Alcanzo a decir.

Nos vamos a besar, nuestros labios casi se tocan entre sí, cierro los ojos, respiro lentamente.

-Pues tienes razón. Dice separándose de golpe. –Será mejor que siga con la pasta, acabará pegándose.

La miro enfadado, ella me mira divertida. Me guiña un ojo y me saca la lengua.
Vuelvo a tirarme en la cama y la observo  Me gusta su espalda. Me gusta su pelo.




martes, 6 de marzo de 2012

Percepciones VII


Bienvenidos todos a marzo.

Nuestro mes primaveral.
Lluvioso, según algún que otro refrán.

Comienzan las floraciones de almendros y los campos se tornarán rosados y blancos.
Ceremonias religiosas, allá por sus finales, tendrán lugar en las ciudades, donde la antigüedad, el respeto, la humildad, el rezo y la esperanza serán los protagonistas de aquellas procesiones.

Os pondré esta vez, una frase Nietzsche que me dio mucho que pensar cuando la vi. Al menos fue la primera vez que pensé así en la esperanza:

La esperanza es el peor de todos los males, pues prolonga el tormento de los hombres


Como siempre, decir, que este es un espacio donde prima la palabra o la opinión sobre cualquier otra cosa. Donde no hay necios, ni sabios.
Cualquier momento que os recuerde, lo que os pueda suscitar, lo que queráis comentar, sois libres de hacerlo.

Estaré encantado de escuchar vuestros interiores.


viernes, 24 de febrero de 2012

Miel


-Deja de hablar y mírame.
Parecía estúpido diciendo todas esas cosas inteligentes y maduras que él solía decir y que yo detestaba que dijera. -Escucha un segundo.
-¿Qué?
-Silencio, no lo oyes.
-No sé  que es lo que…
Cerré su boca con un suave movimiento de mi índice y con la mejor de mis miradas persuasivas.
-¿Lo sientes?


domingo, 19 de febrero de 2012

Ideal

La belleza es una sensación que despierta nuestro interés y agudiza nuestros sentidos.

Estamos en armonía con nosotros mismos cuando dos colores se complementan a la perfección, o cuando la linea de un edificio se curva en un giro de 140º para describir un óvalo sensacional, o cuando vemos el naranja otoñal, el blanco invernal, o el verde primaveral reflejados en parajes y paisajes arbolados.

Bello es aquello que nos deslumbra por las características que tiene. Y no debemos diferenciar la belleza entre hombres y mujeres, pues ¿por qué no puede un hombre ver bello a otro hombre, o una mujer a otra mujer, sin ser juzgado como tal?.
Lo hermoso, hermoso es, y los seres humanos sabemos distinguirlo y apreciarlo, aunque nuestros prejuicios impiden reconocerlo.

Nosotros somos más exquisitos, y los prejuicios nos abordan en cada esquina. El valor de la estética siempre ha ido acompañando a la humanidad desde sus tiempos más remotos, ya sea para mostrar lo que no se es, presumiendo de un estatus que quizá ni te merecieras o simplemente para despertar las envidias de las gentes.

La belleza se transfigura. Quien tiene dinero puede hacerse más hermoso, ¿cómo?, mayores cuidados de la piel, perfumes idílicos, vestidos de seda oriental o trajes de político, relojes brillantes, peinados extravagantes y maquillajes irreales que encubren personas mucho más sencillas y normales de lo que aparentan. ¿Es esta la belleza que valoramos?.

Se preferiría ser hermoso antes que ser bueno, pero, por otra parte, nadie está más dispuesto a  admitir que  es mejor ser bueno que feo.